Vaig néixer a Vilafranca. L’any mil nou-cents setanta-vuit. Veí del barri del Poble Nou. Concretament, del carrer Bisbe Morgades. Quan tenia entre vuit i dotze anys, els nens i les nenes del carrer acostumàvem a jugar plegats. Diuen que potser vam ser l’última generació que va jugar al carrer durant les nits d’estiu. No ho sé. Recordo que hi havia una bona pila de famílies en aquell carrer. Casulleras, Marquès, Ollé, Casanovas, Mill, Casanellas i Gibert. Curiosament, dues cases més avall, vivien uns nanos dels quals no en recordo el cognom. No acostumaven a jugar amb nosaltres. En dèiem «els castellans», a casa. Vilafranca és també una població que sap tancar-se quan vol. Un poble amant de les tradicions. Un poble molt compromès amb una cultura d’arrel religiosa. Un poble que se sent orgullós de denominar-se català. Passen els anys i cada cop tinc menys clar què és ser català. Espero descobrir-ho aviat.
Jordi Casanovas
Tal Farràs, tal trobaràs
Una història catalana és una exploració de dues pulsions primàries que mai no havíem vist conviure ni en el nostre país ni en la nostra escena. Casanovas alterna i trena magistralment dues trames, en un principi aparentment deslligades, que confluiran al tercer acte de manera sorprenent. D’una banda, ens descriu el món asfixiant i atàvic d’un poble dels Pirineus, que porta el caïnisme a l’extrem, d’una manera tan acèrrimament tancada que recorda la tragèdia del poble de Tor, al Pallars. De l’altra, resseguim l’ascens d’un quillo de La Mina, Calanda, i els abusos a què sotmet tots aquells que es troba pel camí. Si al Pallars el conflicte sorgeix en el moment de vendre la muntanya, a La Mina Calanda es fa el propòsit de comprar tot un país. Aquestes dues trames representen dues pulsions contràries, la de vendre i la de comprar, la de l’escopeta i la de la navalla, la del contrabandista i la de l’atracador, dues ànsies que finalment col·lisionaran o es trobaran i se satisfaran mútuament, segons com es miri.
Casanovas posa aquests dos mons en valor des del moment que ens restitueix, amb una oïda prodigiosa, la veu i el dialecte d’aquests dos mons: si el pallarès viu amenaçat per l’extinció, el castellà de Calanda va colonitzant i guanyant enters al nostre país. La tendència a callar dels pallaresos, reservats i tossuts, contrasta amb la fatxenderia de Calanda. La superstició i la bruixeria de Cal Farràs, al Pallars, xoca amb la incredulitat de la colla de La Mina. El matriarcat del Pallars és difícil de conciliar amb el masclisme de «Cala».
Casanovas dóna forma dramàtica a aquest xoc antropològic amb un recurs que no revelarem aquí però que demana de resituar part del públic i d’empresonar-lo en la mateixa tensió escènica amb què culmina l’obra i que reté l’espectador paralitzat com si es trobés ben bé enmig del desenllaç d’un western.
Bernat Puigtobella
Una història catalana
de Jordi Casanovas
Direcció ……….. Jordi Casanovas
Escenografia ……….. Sebastià Brosa
Vestuari ……….. Meritxell Muñoz
Il·luminació ……….. David Bofarull
So ……….. Damien Bazin
Assessorament lingüístic ……….. Noëlia Motlló (OLLPP-UdL) i Ramon Sistac (OLLPP-UdL)
Ajudant de direcció ……….. Pere Riera
Construcció d’escenografia ……….. Guille Góngora i Pablo Paz
Alumne de l’Institut del Teatre de la Diputació de Barcelona en pràctiques: Carolina Torres (direcció)
Repartiment:
Marta Verdeny, Mercedes Amat ……….. Rosa Boladeras
Joan de Coma, Alberto Pérez «El Caní» ……….. Òscar Castellví
Josep de Farràs ……….. Pep Cruz
Juan Heredia «El Muerto», Capellà, Gran dels Coma ……….. Borja Espinosa
Luis Calanda Martínez «El Cala» ……….. Andrés Herrera
Núria de Farràs ……….. Míriam Iscla
Laia de Farràs, Nena de Segú, Júlia Amat ……….. Anna Moliner
Mare (Maria de Farràs) ……….. Àngels Poch
Josep Maria Gallart, Pedro Sánchez «El moro», Arturo Amat ……….. David Vert
Muntatge, assaigs i representacions: Equips tècnics i de gestió del Teatre Nacional de Catalunya
Producció: Teatre Nacional de Catalunya

CRÍTICA: PURO TEATRO
‘Una historia catalana’: Brecht en la frontera
Jordi Casanovas ha presentado en el TNC un poderoso cruce de leyenda, western y melodrama negro que pierde fuelle en el tercio final. Con dos fieras escénicas: Andrés Herrera y Míriam Iscla
MARCOS ORDÓÑEZ 25/06/2011
Jordi Casanovas es uno de los autores más prolíficos, imaginativos y sugerentes que ha dado la nueva dramaturgia catalana. Tiene en su haber una docena de funciones interesantísimas, una de las cuales (La revolución) estuvo a un paso de ser su mejor comedia, pero algo falló en la cocción final. Me temo que con Una historia catalana, que ha presentado dentro del ciclo T6 del Nacional catalán, ha vuelto a pasar tres cuartas de lo mismo: ambición temática y formal, diálogos suculentos, situaciones poderosas y, lástima, un remate desballestado que requiere urgentes dosis de recorta y pega. El texto de su nueva entrega conjuga, en alternancia, dos historias tan distintas como apasionantes. Arranca el relato en la Cataluña profunda del Pallars, en pleno Pirineo. Los lugareños de un pueblo perdido quieren vender media montaña al promotor de una estación de esquí, pero topan con la rotunda negativa de Maria y Núria de Farràs, madre e hija, esquivas y con fama de brujas (dos grandes trabajos de Àngels Poch y Míriam Iscla), que ante el creciente acoso de sus vecinos fingen andar en tratos con el diablo y se atribuyen como maldiciones propias una serie de desgracias azarosas: estamos en el universo oscuro y supersticioso de Valle-Inclán, de Jordi Pere Cerdá, de Jean Giono.
La segunda historia parece, por el contrario, un cruce entre Casavella, Tarantino y el Bigas Luna de Huevos de oro. Comienza en La Mina, el barrio más violento de la Barcelona de los setenta, y narra la ascensión de Luis Calanda Martínez El Cala (Andrés Herrera, arrollador), atracador y traficante que acaba convertido en magnate inmobiliario gracias al boom olímpico y es destruido, como mandan los cánones, por su loca ambición. Ambas historias están muy hábilmente entretejidas: avanzan con absoluta fluidez, cada escena entra y sale en el momento justo, y hay un notable trabajo lingüístico, que reproduce a la perfección los acentos y modismos del catalán pirenaico y el castellano arrabalero. La puesta en escena es épica en el más puro sentido brechtiano, algo sorprendente dada la juventud de su autor y director. Tanto los interiores del pueblo como los espacios barceloneses están escuetísimamente sugeridos por una simple mampara con dos puertas; los intérpretes (a los que hay que añadir los nombres de Rosa Boladeras, Òscar Castellví, Borja Espinosa, Anna Moliner y David Vert) “presentan” a sus personajes, se dirigen al público para comentar las acciones y recurren a los fragmentos narrados para hacer avanzar un tiempo que cubre más de tres décadas. Hay una energía descomunal en su trabajo: en su mayoría doblan papeles y han de pasar celéricamente del catalán al castellano y de una caracterización a otra.
Los problemas comienzan, para decirlo a la antigua, con el “mensaje”. Casanovas ha dicho que su obra intenta ser “un relato sobre la búsqueda de la identidad de la Cataluña posfranquista”. Puedo intuir ese trasfondo en la historia pallaresa, a partir de la aparición de la pequeña Laia Farràs (Anna Moliner), para la que madre y abuela construyen un falso paraíso aislándola del mundo y haciéndole creer que “los malos” son los otros: la idea de la arcadia acechada es una poderosa máquina dramática y, por supuesto, ideológica. Tengo mis serias dudas, en cambio, sobre la credibilidad del personaje de El Cala, que, según el autor, “no ha sido aceptado como catalán y está convencido de que para superar ese trauma ha de comprar Cataluña, literalmente”. Yo diría que su motor no es la integración identitaria sino la ascensión de clase, pero aparquemos eso.
Si no me creo su dibujo es, fundamentalmente, porque en lo alto de la pirámide he visto a muchos chorizos autóctonos (hay donde elegir) pero a ningún atracador de la Mina: por lo general morían a tiros o de sobredosis. El trasfondo de western que Casanovas quiere imprimir a Una historia catalana funciona cuando reinventa el Pallars y la Mina como territorios fronterizos, pero el perfil del truhán depredador, fundacional y decimonónico (desde La ciudad de los prodigios a Deadwood, para entendernos) chirría, por excesivo e improbable, en la Cataluña de finales del XX, y corre el serio peligro de quedarse en un baratísimo maniqueísmo: el charnego como supervillano de la función.
En el último tercio, Casanovas pierde el norte cuando intenta llevar su patrón genérico hasta las últimas consecuencias y juntar como sea las dos historias. Nos quedamos boquiabiertos ante el decorado de la fiesta popular (una explanada de mesas y sillas bordeada de árboles y cubierta de bombillas de colores), pero el impacto visual se desvanece a los pocos segundos porque se oye fatal y se ve peor. Hasta entonces nos habían hecho creer a las mil maravillas en los espacios imaginarios y perdemos con el cambio: los actores se ven obligados a gritar, la multiplicidad de las escenas pide, para seguirlas, la cercanía del cine, y los recursos fílmicos utilizados, como la sobredosis de fundidos, resultan tediosos sobre las tablas. Siempre es un placer ver a Pep Cruz, pero no me parece buena cosa introducir un personaje nuevo a media hora del final. Su pistolero que vuelve, reminiscente de los héroes cansados de Marsé, carga con dos pesos: la obligación de “ponernos en antecedentes” sobre su vida anterior y de portavocear el discurso, tan simplón como forzado, de “hay que construir sobre el amor y no sobre el odio”. Hay evoluciones increíbles (la locura de El Cala, al que sólo le falta gritar “¡Mamá, mamá, la cima del mundo!”), insertos marcianos (Cruz envuelto en humaredas y machacando Personal Jesus de Depeche Mode) y una cascada de enfrentamientos a tiro limpio que rozan lo risible: no temes por la vida de los personajes sino por la molesta inminencia del siguiente petardazo. Convendría, como decía al principio, que Casanovas reescribiera y remontara ese galimatías que emborrona el poderío incuestionable y los muchos logros de la función.
CRÍTICA: TEATRO
¿Qué es ser catalán?
BEGOÑA BARRENA 13/06/2011
Lo último del prolífico dramaturgo y director Jordi Casanovas es un estupendo y ambicioso relato doble con el que recorre unos 20 años de la historia de Cataluña. Dos líneas argumentales con puntos de partida dispares acaban entrelazándose en una lectura audaz, por disconforme, y genial, por esa misma disconformidad, de lo que llamamos identidad catalana. ¿Qué es ser catalán, nacer en Cataluña o hacerse con ella? ¿Es una cuestión de fe y de superstición, o de pasta? Estas son las preguntas que lanza, tiros certeros que conforman una historia de lo más coherente.
Estructurada en tres partes, cada una con tratamiento escénico distinto, Una historia catalana se explica a partir de dos intrigas que coinciden en el tiempo -desde el inicio de la transición hasta la Barcelona posolímpica- y convergen en el espacio, una montaña -símbolo de la quintaesencia del catalanismo-. La primera nos sitúa en un pueblo perdido en una montaña de los Pirineos: una familia se niega a vender sus terrenos a un magnate que quiere comprar la montaña para montar una estación de esquí; madre e hija tienen que vérselas con el resto de los vecinos, que ven en la oferta del millonario la solución a su miseria. Aquí, la superstición y el miedo son el hilo conductor. La segunda nos lleva hasta la Mina y explica el ascenso de un charnego que pasa de los robos y trapicheos con drogas a convertirse en un empresario que acaba por ejercer un papel fundamental en la especulación inmobiliaria previa a los Juegos Olímpicos del 92. Estas dos tramas transcurren en paralelo y empiezan como un juego que deviene tanto más real cuanto más incide en que todo es ficción; la segunda parte nos traslada literalmente a otro escenario y, como espectadores, asistimos a la fusión de ambas en tiempo real, con una estupenda dosis de tensión en directo, en un planteamiento que conviene mantener en secreto para que siga siendo una sorpresa; un epílogo de carga simbólica que se dilata en exceso -mi único pero- pone fin a esta genial, y me repito, historia catalana que cuenta, como montaje programado dentro del proyecto T6 del Teatre Nacional, con los siempre eficaces intérpretes habituales de la compañía y con tres nuevas incorporaciones, de entre las que destaca Andrés Herrera como el charnego que recupera al Pijoaparte de Marsé y está en un tris de hacerse con todo el país, pero se hace, y de calle, con la función.
Gran ‘western’ al TNC
César López Rosell (El Periódico)
11/06/0110
Jordi Casanovas se’n surt amb el cap ben alt del repte més ambiciós d’una carrera que l’ha convertit en la gran esperança blanca de la dramatúrgia catalana. Déu n’hi do, atrevir-se a portar a la Sala Tallers del TNC un western català, definició del mateix autor i director, amb Una història catalana. La seva intenció és fer un cop d’ull a dues dècades de la trajectòria recent del país, entre el 1979 i els anys postolímpics, i de la seva recerca d’una nova identitat després de la mort de Franco. Identitat forjada, segons el dramaturg, entre el Pallars i la Mina. Una tesi, per cert, bastant allunyada de les doctrines més ortodoxes i que, no obstant, queda sobrepassada pel vigor i l’ambició del seu relat escènic.
Casanovas teixeix un monumental western de frontera en el qual no falten ni rifles ni pistoles. L’obra se situa en dos territoris tan oposats com un poble pirinenc del Pallars i l’extraradi de la Mina. En aquests escenaris se succeeixen dues trames que no tenen res a veure però que es creuen en una brillant pirueta argumental. En aquest poble del Pallars s’hi respira un ambient de pur western , de propietaris (una família amb mare, filla i néta) que defensen la tirada a la terra i que es resisteixen al progrés, a l’arribada del ferrocarril, en aquest cas una estació d’esquí. Ni parlar-ne, diuen, de vendre les terres a un promotor.
La segona història presenta uns quinquis de la Mina que, amb diversos cops del destí, deixen de vendre drogues i robar cotxes i es converteixen en empresaris immobiliaris d’uns temps, no tan llunyans, en què qualsevol, fins i tot un xoriço pijoapartesc, somiava amb un pelotazo . «Vull comprar Catalunya», arriba a dir. Gairebé ho aconsegueix.
Casanovas serveix aquestes dues trames amb una innegable inspiració cinematogràfica, la font de tants dramaturgs de nou encuny. La seqüencialització de les situacions i l’austeritat escènica de la història del Pallars ens poden remetre a la genial Dogville, de Lars von Trier, mentre que els quinquis de la Mina recorden el Torete que va portar De la Loma al cine. Tot adornat amb un atrevit ús del llenguatge, tant del dialecte pallarès com de l’argot suburbial, en espanyol lògicament.
És en el tercer acte quan Una història catalana resulta excessiva, amb una atrevida situació final en una festa en la qual participa el públic que es demora més del compte per abusar de trets i recursos una mica innecessaris com el karaoke de Pep Cruz amb Personal Jesus, de Depeche Mode. Però no entela un treball molt elogiable amb un repartiment a l’altura, liderat per Míriam Iscla (cada dia més gran) com la pagesa indòmita i bruixa i un Andrés Herrera que clava el quinqui trepa. I un altre gran detall: títols de crèdit sublims amb Orgullo, de Las Grecas, de fons.